Donde nadie quiere entrar...​

Mama se va a la Guerra - Donde nadie quiere entrar...​

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Hospital Durán y Reynals. - I.C.O (Institut Catalá D’Oncología).

 

Me derivaron allí a causa de la gravedad de asunto. Sonaba feo ya desde el primer día que supe de él.

Recuerdo entrar con mi padre, y decirle: -"Papi aquí casi todas las mujeres llevan pañuelo y casi todos estás sin pelo" y él casi sin saber cómo contestar a eso, me dijo: 

-"aquí todos son enfermos de cáncer" mi cara no la pude ver, pero por la cara que puso mi padre no podía ser otra que la de asombro no, lo siguiente.

Un hospital exclusivamente para tratar el cáncer, yo solo hacía más que preguntarme la cantidad de enfermos que tenía que haber para que ese hospital solo fuera para eso. Ahí es cuando mantienes una pequeña conversación con tu subconsciente y mientras él te dice:  -"Cristina, estamos jodidas" tú haces como que no le escuchas y le contestas con un: -"vamos a por un café".

No recuerdo un café con sabor más amargo que ese, el de esa cafetería de hospital. Al principio todo se te hace raro, toca adaptarte a tú segunda casa, esa con pasillos infinitos a tonos verdes y rayitas en el suelo que te indican hacía donde tienes que ir, (por cierto, desde aquí dar las gracias a la persona que tuvo la brillante idea) me ahorró algunas horas perdidas por allí, y tener que tirar migas de pan para saber el camino de vuelta. Y entre salas de espera con nombres rarísimos que no había escuchado en la vida, atrás quedaba eso del dermatólogo, el médico de cabecera o el de odontología, aquí ya eran palabras mayores. Empiezas el día en la primera planta cogiendo papelito como si de la cola de la carnicería se tratara, esperando a que salga tú número en esa pantalla, señal de que cada vez estás más cerca de terminar y poder ir a por ese merecidísimo Donut y café. Una vez saciadas mis horas de ayunas (que manía les tengo) me voy dirección a la segunda planta, donde me espera mi doctora, esa a la que tanto adoro hoy. Aquí paso el "visto bueno", si todo lo que forma parte de tú sangre está en orden o lo suficientemente fuerte para poder seguir,

¡Allá vamos! pase V.I.P a la tan temida sexta planta: 

-Bienvenidos a hospital de día-

Siempre he dicho que aquí el infierno era al revés, cuantas más plantas subías más cerca estabas de él, (conclusiones sacadas entre sala de espera y sala de espera).

Voy al mostrador, presento mi tarjeta, la cual va a darme paso a tener mi pulsera "todo incluido" que abre un sin fin de oportunidades, entre ellas y la más importante, a curarme del bicho o por lo menos a intentarlo con todas las ganas.

 

- "siéntese, en unos momentos le llamaran por su nombre".

- ¿Cristina Inés?

 

 Una cara sonriente, llena de vida, me invita a que la acompañe.

 

Allá vamos...

Me tiemblan las manos, a mis ojos abiertos como platos no se les escape ni un detalle, los pies andan solos, y parece que sepan que allí a pesar del mal rato que vamos a pasar, eso nos va ayudar. Salas separadas entre ellas, butacas verdes que me recuerdan a la serie "Cuéntame", caras sonrientes, otras no tanto, pero en todas ellas se pueden ver las ganas de vivir. 5 horas largas que me van a dar que pensar muchísimo, si la pre-medicación en vena me lo permite. El primer pensamiento que tuve sentada en esa butaca viendo un líquido entrar por mi cuerpo fue: Curioso como tienes que verte Cristina, con 27 años sentada aquí, rodeada de rostros desconocidos que a la vez los sientes un poco tuyos. Luchando contra un monstruo que ha decidido parar tu vida en seco y plantarte aquí, y dale gracias que te ha dejado la opción de poder entrar en esta sala donde nos alargan la vida, que por desgracia no todos la tienen. Allí fuera la vida sigue, y tú estás aquí casi inerte contemplando un gotero y maldiciendo el día. Pasadas las 3 horas en esa sala, ese pensamiento me cambia por completo. Cristina, vamos a tener que pasar muchas horas aquí, así que vamos a llevarlo como mejor podamos y sepamos. Entre pinchazos, pócimas rojas, enfermeras simpáticas con ganas de alegrarte el día como nunca, voluntario repartiendo caramelos y revistas, vecinas de butaca que se convierten en compañeras de anécdotas, y diferentes familias que por unas horas se convierten en una sola, ¡pues oye! eso no estaba del todo mal.

 

¡Bienvenida a la fiesta de tú vida!

No he conocido lugar más humano que ese, si, ojalá no lo conociera, significaría que nunca hubiera tenido que entrar, pero una vez dentro, cuando ya no te queda otra que aceptar una realidad llamada cáncer, puedes resignarte sentada en esa butaca o disfrutar y aprender de todo lo que te rodea, que creerme que no es poco. En esa butaca he aprendido la mayor lección de mi vida, esa que no te puede dar una silla de escuela. Voy a compartirla con todos vosotros, a ver si así nos ahorramos el disgusto y nos llevamos la lección aprendida.

La vida es un amplio abanico de posibilidades, variables, problemas a resolver y resultados a ser cambiados. Estos llegan, algunos en consecuencia de decisiones y otras simplemente nos las planta la vida delante de los morros. La diferencia está en cómo enfocamos esos problemas, cambios, desafíos, etc...

La actitud, por favor, no te olvides de ella en esos momentos tan importantes, aquí es donde deberás sacar todo eso que tienes escondido y que jamás pensaría que existía en ti. Se llaman agallas y las tienes, armarse de valor, se llaman ganas y esas siempre hay que tenerlas con o sin ellas. Se llaman mirar la vida de frente y querer poder, aunque tirar la toalla sea el camino fácil. Se llama estar vivo y no solo porque te late el corazón, sino porque sientes que dejarte el alma en ello vale la pena para seguir viviendo.

 

"Y como escuché en una ocasión, donde los demás ven problemas, yo veo posibilidades"

Y la mejor siempre es seguir...